Casi toda la cultura egipcia antigua fue borrada por el colonialismo islámico. No fue solo una conquista militar. Fue un proyecto de sustitución civilizacional.
En 1196, el sultán Al-Aziz Uthman, hijo de Saladino, ordenó la demolición de las pirámides de Giza. Comenzó por la menor, la de Menkaure. Durante ocho meses, cientos de trabajadores usaron cuñas, palancas y cuerdas para arrancar piedras. Cada bloque que caía se enterraba en la arena y requería un esfuerzo absurdo para ser removido. Lograban sacar una o dos piedras por día. Al final, todo lo que quedó fue una cicatriz vertical profunda en la cara norte de la pirámide, aún visible hoy. Desistieron. No por arrepentimiento. Por impotencia. La ingeniería faraónica demostró ser mayor que la voluntad de destrucción.
Este episodio no es una curiosidad histórica aislada. Es el retrato de un patrón. El islam llegó a Egipto y transformó templos en canteras, estatuas en escombros, jeroglíficos en signos incomprensibles. La memoria de una de las civilizaciones más sofisticadas de la humanidad fue sistemáticamente sepultada bajo la narrativa de que todo lo que existía antes era idolatría que debía ser borrada. Lo que no fue demolido fue apropiado, reutilizado o simplemente olvidado durante siglos.
La cultura que construyó las pirámides, que desarrolló matemáticas, medicina, administración y una visión de eternidad, fue reducida a ruinas y curiosidades para turistas. El Egipto de hoy lleva el nombre, la geografía y el turismo. La continuidad cultural profunda fue cortada.
Las pirámides sobrevivieron no porque fueran respetadas. Sobrevivieron porque eran demasiado grandes para ser destruidas con la tecnología de la época. La cicatriz en Menkaure permanece como prueba física: hubo la intención de borrar. Hubo el intento. Hubo la humillación de fracasar.
El islam no preserva civilizaciones anteriores. Las sustituye. Y cuando no logra demoler el monumento, intenta demoler el significado.
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