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La trampa de los despidos por IA: cuando lo racional para cada empresa puede ser desastroso para todas

 

La discusión sobre inteligencia artificial y empleo suele plantearse de una manera relativamente sencilla: las empresas incorporan una tecnología más productiva, algunas tareas desaparecen, otras se crean y, después de un período de transición, la economía encuentra un nuevo equilibrio.

Pero un reciente trabajo de Brett Hemenway Falk y Gerry Tsoukalas plantea una posibilidad bastante más inquietante. El problema de la inteligencia artificial no estaría solamente en cuántos empleos puede reemplazar, sino en los incentivos económicos que enfrentan las propias empresas durante la transición.

El paper se titula The AI Layoff Trap y fue publicado en 2026. Los autores construyen un modelo económico para estudiar qué ocurre cuando la IA puede sustituir trabajadores más rápidamente de lo que la economía consigue reabsorberlos en nuevos empleos. Su conclusión central merece atención: aun cuando las empresas sepan que una automatización masiva terminará perjudicando la demanda de sus propios productos, individualmente pueden seguir teniendo incentivos para automatizar.

El trabajador que desaparece de los costos también desaparece parcialmente de la demanda

Imaginemos una empresa que reemplaza trabajadores mediante inteligencia artificial.

Desde el punto de vista de esa empresa, la decisión puede ser perfectamente racional. Reduce salarios y otros costos laborales, aumenta la productividad y puede ofrecer precios más competitivos.

La empresa captura directamente ese beneficio.

Pero existe otro efecto.

El trabajador despedido no era solamente un costo de producción. También era un consumidor.

Si pierde su salario y ese ingreso no es recuperado rápidamente mediante otro empleo, disminuye su capacidad de consumir. Y esa caída del consumo no perjudica exclusivamente a la empresa que lo despidió: se distribuye entre muchas empresas de la economía.

Aquí aparece la externalidad que constituye el corazón del modelo.

La empresa recibe íntegramente buena parte del beneficio privado de automatizar, pero soporta solamente una fracción de la pérdida de demanda provocada por su decisión.

Cuantas más empresas compiten en el mercado, menor puede ser la proporción de ese daño que cada una internaliza.

Por eso puede aparecer una paradoja: una decisión individualmente racional puede contribuir a producir un resultado colectivamente irracional.

Un dilema del prisionero empresarial

Este mecanismo se parece a un enorme dilema del prisionero.

Supongamos que los empresarios comprenden perfectamente el problema. Incluso podrían preferir colectivamente un proceso de automatización más gradual que preserve empleo, salarios y demanda.

Pero cada empresa tiene que preguntarse qué ocurrirá si ella desacelera mientras sus competidores continúan automatizando.

Si los demás utilizan IA para reducir drásticamente sus costos y yo no lo hago, pueden bajar precios, ganar participación de mercado y eventualmente desplazarme.

Entonces aparece una carrera armamentística tecnológica:

“Tengo que automatizar porque mis competidores también pueden hacerlo.”

El modelo de Falk y Tsoukalas muestra precisamente que la competencia puede llevar a las empresas a desplazar más trabajadores de lo que sería colectivamente óptimo. Y el resultado no perjudica solamente a los trabajadores: bajo las condiciones estudiadas, también pueden terminar perjudicados los propietarios de las propias empresas.

Este punto cambia bastante la discusión habitual sobre IA.

No estamos necesariamente frente a un conflicto sencillo entre empresarios ganadores y trabajadores perdedores.

Podemos estar frente a un problema de coordinación económica.

La paradoja: una economía capaz de producir muchísimo y vender muy poco

Llevemos el razonamiento hasta el extremo.

Si cada empresa continúa sustituyendo trabajo humano porque hacerlo reduce sus costos privados, la capacidad productiva puede crecer extraordinariamente.

La IA produce más.

Los costos bajan.

La productividad aumenta.

Pero simultáneamente puede disminuir la masa de ingresos laborales que sostiene una parte importante del consumo.

Así aparece la paradoja más provocadora del paper: una economía extraordinariamente eficiente para producir puede terminar deteriorando el mecanismo mediante el cual esa producción encuentra compradores.

Los autores describen ese límite con una frase particularmente potente: las empresas podrían automatizar hasta alcanzar una productividad prácticamente ilimitada acompañada de demanda nula.

No debemos interpretar esto como una predicción de que inevitablemente llegaremos a ese escenario. Es el resultado límite de un modelo diseñado para identificar una falla específica de coordinación. Pero precisamente por eso resulta intelectualmente interesante: muestra que productividad y bienestar no son necesariamente la misma cosa cuando cambia radicalmente la distribución del ingreso que permite consumir esa producción.

Una IA mejor no necesariamente resuelve el problema

Hay otro resultado contraintuitivo.

Nuestra intuición suele decirnos que cuanto mejor sea la inteligencia artificial, mayores serán los beneficios económicos.

Desde el punto de vista tecnológico, seguramente.

Pero el modelo muestra que una IA más efectiva también puede aumentar el incentivo privado para sustituir trabajadores y, por esa vía, ampliar la diferencia entre el nivel de automatización elegido competitivamente y el que resultaría colectivamente conveniente.

Algo similar sucede con la competencia.

Habitualmente consideramos que más competencia mejora los mercados. Sin embargo, en presencia de esta externalidad, una competencia más intensa puede acelerar la carrera por reducir costos mediante automatización. Los autores encuentran que tanto una IA “mejor” como una competencia mayor pueden amplificar el exceso de automatización.

Esto no significa que la competencia o el progreso tecnológico sean malos.

Significa algo más interesante: cuando existe una externalidad, aquello que normalmente disciplina al mercado también puede amplificar el problema.

¿Y el Ingreso Básico Universal?

Aquí aparece probablemente una de las conclusiones más polémicas del trabajo.

Los autores estudian distintas respuestas que suelen proponerse frente al desplazamiento tecnológico: ajustes salariales, entrada de nuevas empresas, impuestos al ingreso del capital, participación accionaria de trabajadores, capacitación y reconversión laboral, negociación entre agentes e Ingreso Básico Universal.

Dentro de su modelo, ninguna de esas herramientas elimina por sí sola el incentivo fundamental que genera la sobreautomatización.

Esto requiere una aclaración importante.

Decir que el paper demuestra que “el UBI no sirve” sería incorrecto.

Un ingreso básico puede mejorar enormemente la situación material de las personas desplazadas y sostener parte de su capacidad de consumo. Lo que el modelo sostiene es algo diferente: no corrige directamente el incentivo marginal que enfrenta una empresa cuando decide si reemplaza o no a otro trabajador mediante IA.

Es una diferencia fundamental entre compensar las consecuencias de una externalidad y modificar el incentivo que la produce.

El impuesto a la automatización

La solución que sí consigue corregir directamente la distorsión dentro del modelo es un impuesto pigouviano sobre la automatización.

La lógica económica es conocida.

Cuando una actividad genera un costo que quien toma la decisión no incorpora completamente —contaminación, congestión u otras externalidades— una posibilidad es colocar un precio sobre ese daño.

En este caso, el razonamiento sería similar.

Si despedir a un trabajador mediante automatización reduce poder adquisitivo y parte de ese costo termina siendo soportado por otras empresas y por el conjunto de la economía, la empresa que automatiza debería incorporar parte de ese costo social al decidir.

El objetivo del impuesto no sería impedir la inteligencia artificial.

Tampoco tendría sentido conservar artificialmente todos los empleos existentes.

La cuestión sería lograr que una empresa automatice cuando el beneficio social de hacerlo sea superior al costo social, y no simplemente cuando resulte rentable desde su balance individual.

En términos económicos, se trataría de internalizar la externalidad. El paper encuentra que un impuesto pigouviano correctamente diseñado puede hacerlo.

Pero el modelo no es una profecía

Este punto es esencial.

The AI Layoff Trap no demuestra matemáticamente que la inteligencia artificial destruirá inevitablemente el capitalismo.

El resultado depende de una condición que los propios autores explicitan: que la IA desplace trabajadores más rápidamente de lo que la economía pueda reabsorberlos.

Y ahí se encuentra probablemente la gran incógnita de los próximos años.

Las revoluciones tecnológicas anteriores destruyeron determinadas ocupaciones pero también crearon nuevas tareas, industrias y fuentes de ingreso. Si la inteligencia artificial vuelve a producir ese proceso con suficiente velocidad, el mecanismo descripto por el paper pierde buena parte de su fuerza.

El problema aparece si esta vez existe una diferencia de velocidades:

si podemos automatizar empleos mucho más rápidamente de lo que podemos crear nuevas fuentes de ingreso laboral.

Entonces la transición deja de ser un detalle.

Se convierte en el problema económico central.

La pregunta importante no es cuánto puede producir la IA

Durante los últimos años nos hemos obsesionado con medir qué tan inteligente será la próxima generación de modelos, cuántas tareas podrán automatizarse y cuánto aumentará la productividad.

Quizás estamos mirando solamente una mitad de la ecuación.

Una economía no es simplemente una máquina para producir bienes y servicios.

También es un mecanismo para distribuir ingresos que posteriormente permiten comprar esos bienes y servicios.

Producción y demanda son dos caras del mismo circuito.

Por eso, ante una tecnología capaz de sustituir cantidades crecientes de trabajo humano, la pregunta relevante no es solamente:

¿cuánto podremos producir con IA?

También debemos preguntarnos:

¿cómo llegará a las personas el ingreso necesario para comprar todo aquello que podremos producir?

El aporte más interesante de The AI Layoff Trap no es haber demostrado que nos espera inevitablemente una economía sin empleos ni consumidores. No lo hizo.

Es haber identificado una posibilidad más incómoda: incluso si todos conocemos el riesgo, los incentivos individuales pueden empujarnos colectivamente en esa dirección.

Y ese es un problema mucho más profundo que decidir si ChatGPT, los agentes autónomos o los robots podrán reemplazar determinado porcentaje de los empleos.

Porque significaría que el desafío de la inteligencia artificial no es solamente tecnológico.

Es institucional.

El mercado puede ser extraordinariamente eficiente coordinando decisiones cuando los costos y beneficios privados reflejan los costos y beneficios sociales. Pero cuando una empresa obtiene el beneficio completo de automatizar mientras distribuye parte del costo de esa decisión sobre el resto de la economía, aparece una falla clásica del capitalismo competitivo: cada jugador puede estar haciendo exactamente lo que le conviene y, aun así, todos pueden terminar peor.

La discusión que viene, entonces, no debería reducirse a estar “a favor” o “en contra” de la inteligencia artificial.

La verdadera pregunta es mucho más difícil:

¿qué instituciones necesitamos para que una tecnología capaz de generar una abundancia extraordinaria no destruya, durante la transición, el mecanismo económico que permite distribuir y consumir esa abundancia?


Paper de referencia:
Brett Hemenway Falk y Gerry Tsoukalas, The AI Layoff Trap, 2026, arXiv:2603.20617, 63 páginas. El trabajo fue presentado en arXiv en marzo de 2026 y su versión disponible fue revisada en junio de 2026.

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